El fuego continuo
La parashá comienza con la olá, la ofrenda que asciende por completo a Dios sobre el altar. El Kohén (el sacerdote) se viste de lino cada mañana para retirar las cenizas, y con otro juego de vestiduras las lleva a un lugar puro fuera del campamento. Por encima de todo, la Torá ordena que el fuego del altar arda continuamente y nunca se apague, alimentado con fidelidad día tras día. Esta llama incesante se vuelve imagen de una devoción constante, el servicio callado y firme que sostiene cada momento intenso de culto.
El grano y su ofrenda
Siguen las leyes de la minjá, la ofrenda vegetal de harina fina y aceite. Se quema un puñado sobre el altar, y el resto lo comen los kohanim como pan santísimo dentro del recinto sagrado. La Torá describe también la ofrenda especial que Aharón y cada futuro sumo sacerdote traen el día en que comienzan su servicio, una ofrenda de harina entregada por entero a Dios y no comida. En estos dones los ingredientes más humildes, la harina y el aceite, se vuelven un medio para acercarse.
Pecado y culpa
La Torá pasa al jatat y al asham, las ofrendas que reparan la relación de una persona con Dios tras una falta o el uso indebido de cosas sagradas. Enseña dónde se degüella cada una, cómo se aplica su sangre y qué porciones pueden comer los sacerdotes. Los recipientes que absorben la ofrenda deben fregarse o romperse, para guardar la santidad de lo que ha tocado el altar. Aquí la expiación no es abstracta: se realiza mediante actos cuidadosos y tangibles que restauran lo que se dañó.
Agradecimiento y paz
El shelamim, la ofrenda de paz, se reparte entre el altar, los sacerdotes y quien la trae, una comida disfrutada con alegría ante Dios. Su forma más personal es la todá, la ofrenda de agradecimiento que trae alguien rescatado de un peligro o una enfermedad y desea expresar su gratitud. La Torá fija plazos para comer la carne y prohíbe consumir ciertas grasas y toda sangre, y asigna el pecho y el muslo derecho a los sacerdotes como su porción. La gratitud, aquí, ha de celebrarse y compartirse a la vez.
Siete días de consagración
En el capítulo final, Moshé reúne a toda la comunidad y cumple la orden de Dios de consagrar al sacerdocio. Viste a Aharón con las vestiduras del sumo sacerdote, unge con aceite el Mishkán y sus utensilios, y ofrece el toro y los carneros de la investidura. Coloca sangre sobre la oreja, el pulgar y el dedo del pie de Aharón y de sus hijos, dedicando su capacidad de oír, de actuar y de andar en el servicio de Dios. Durante siete días permanecen a la entrada de la Tienda del Encuentro, cumpliendo todo lo que Dios ha ordenado, listos ya para comenzar.
