Dios llama a Moshé
El libro comienza con una sola palabra tierna: Dios llama a Moshé, con suavidad y por su nombre, desde dentro de la Tienda del Encuentro. Solo después de que el Santuario está construido y lleno de la gloria de Dios, esta voz íntima invita a Moshé a entrar para recibir las leyes del servicio. El tono queda marcado desde el primer versículo: lo que sigue no es ritual frío sino una invitación a la relación. Desde este lugar de encuentro Dios enseñará a Israel cómo acercarse a Él.
La ofrenda de ascensión
La primera ofrenda descrita es la olá, la ofrenda de ascensión o el holocausto, que se pone entera sobre el altar y es consumida del todo por el fuego. Una persona puede traerla del ganado, del rebaño o, para los de menos recursos, como un par de aves, para que nadie quede excluido por falta de riqueza. Quien la trae apoya sus manos sobre el animal y lo ofrece por completo a Dios, sin retener nada. La olá expresa la devoción total, un don dado enteramente hacia lo alto.
El don del grano
Viene después la minjá, una humilde ofrenda de harina fina mezclada con aceite e incienso, a menudo el don de alguien que no puede permitirse un animal. Parte se quema en el altar y el resto se da a los sacerdotes para comer. No se puede añadir levadura ni miel, pero la sal acompaña cada ofrenda como señal del pacto duradero con Dios. La Torá aprecia la minjá no menos que el más grandioso sacrificio, pues Dios mide el corazón, no el precio.
La ofrenda de paz
El shelamim, la ofrenda de paz o de bienestar, es única por ser compartida. Sus grasas se queman en el altar para Dios, ciertas porciones se dan a los sacerdotes, y el resto lo come quien la trae, junto con familia y amigos. Es una ofrenda de alegría y gratitud, a menudo traída en acción de gracias o para marcar una celebración. En torno a este sacrificio se reúnen, por así decirlo, Dios, los sacerdotes y el pueblo, a una sola mesa.
Cuando erramos el blanco
La Torá se vuelve a la jatat, la ofrenda traída por los pecados cometidos sin intención, cuando una persona transgrede sin querer. Se abordan por turno distintos casos: el ungido Kohén Gadol (Sumo Sacerdote), toda la comunidad, un líder y un individuo común, cada uno con su propio procedimiento. El sistema graduado desciende hasta los de pocos recursos, que pueden traer aves o incluso una medida de harina, para que la expiación nunca quede fuera de alcance. Bajo todo ello subyace una idea profunda: aun el mal hecho sin intención deja una marca que reclama reparación.
Reparar el mal
Finalmente la parashá describe el asham, la ofrenda de culpa, traída por ciertos males específicos. Entre ellos están el mal uso de algo consagrado al Santuario, casos de culpa incierta donde una persona no sabe si pecó, y la traición de una confianza mediante un juramento falso, como negar una deuda o quedarse con lo que pertenece a otro. En estos últimos casos la ofrenda por sí sola no basta: el que obró mal debe primero devolver lo que tomó y añadir una quinta parte. El mensaje es claro, que la reconciliación con Dios está ligada a hacer las cosas bien con las demás personas.
