Acercarse tras la pérdida
La parashá comienza recordando la muerte de los dos hijos de Aharón (Aarón), que se acercaron demasiado a la presencia divina, y Dios habla a Moshé (Moisés) con una advertencia nacida de esa pérdida. Aharón no puede entrar al Lugar Santísimo, la cámara más interior donde la presencia de Dios reposa sobre el Arca, cuando lo desee. Solo en un día señalado, y solo mediante un servicio cuidadosamente ordenado, puede pasar más allá del velo y vivir. La cercanía a Dios, enseña la Torá, es un don de inmenso poder al que hay que acercarse con reverencia y no arrebatarlo.
El Día de la Expiación
Dios detalla el servicio de Yom Kipur, el Día de la Expiación. Aharón deja de lado sus vestiduras de oro por un sencillo lino blanco, ofrece un toro para expiar por sí mismo y por su casa, y toma dos machos cabríos para el pueblo. Se echan suertes sobre los machos cabríos: uno se ofrece a Dios como ofrenda de pecado, y el otro, llevando los pecados confesados del pueblo, es enviado al desierto, a Azazel. Aharón entra al Lugar Santísimo con una nube de incienso y rocía sangre para purificar el santuario, y la Torá establece esto como un estatuto eterno: en el décimo día del séptimo mes el pueblo se aflige y descansa, y se hace expiación por todo Israel.
Un solo lugar para las ofrendas
La Torá prohíbe luego al pueblo degollar ofrendas donde le plazca, como podrían hacerlo en el campo abierto. Toda ofrenda debe traerse a la entrada de la Tienda del Encuentro, para que el culto se dirija solo a Dios y no a los demonios con forma de macho cabrío que algunos se sentían tentados a servir en el desierto. Al reunir todo el servicio sagrado en un solo lugar, la Torá protege al pueblo de volver a deslizarse hacia las prácticas de las naciones de alrededor. El culto, insiste, no es una invención privada, sino un volverse compartido hacia el único Dios.
La vida en la sangre
La parashá enseña que el pueblo no puede consumir sangre, pues la vida de toda criatura está ligada a su sangre, que Dios ha dado sobre el altar como medio de expiación. Quien caza un ave o un animal para comer debe derramar su sangre y cubrirla con tierra, tratando incluso una comida ordinaria con reverencia por la vida que requirió. Estas leyes inculcan un respeto profundo por la vida y por el misterio que porta la vitalidad misma de una criatura. Comer con conciencia, sugiere la Torá, es en sí una forma de santidad.
La santidad de la familia
La parashá se cierra con las leyes que guardan la intimidad de la vida familiar, prohibiendo relaciones que violarían su confianza y santidad. Dios enmarca estas leyes contrastándolas con las costumbres de Egipto, donde Israel había vivido, y de Canaán, adonde va, y llama al pueblo en cambio a andar en Sus estatutos y vivir. La Torá advierte que tales violaciones profanan una tierra hasta que ya no puede soportar a sus habitantes, e insta a Israel a guardar estas fronteras y permanecer distinto. La santidad, aquí, alcanza los rincones más privados de la vida humana y pide que también ellos se mantengan fieles.
