El Shabat de la tierra
Hablando a Moshé (Moisés) en el Monte Sinaí, Dios da a la tierra misma un Shabat. Durante seis años los campos pueden sembrarse y las viñas cosecharse, pero en el séptimo año la tierra debe descansar por completo en una shemitá (un año sabático) consagrada a Dios. Durante ese año no hay siembra ni siega organizada, y lo que crece por sí solo queda abierto para que el dueño, el siervo, el extranjero e incluso los animales coman libremente. Esta pausa de un año entero enseña que la tierra no es simplemente una posesión que explotar, sino un don recibido en custodia.
La libertad proclamada
Tras siete ciclos de siete años llega el año quincuagésimo, el Yovel (el Jubileo). En Yom Kipur (el Día de la Expiación) suena el shofar y se proclama libertad por toda la tierra: los campos ancestrales vuelven a las familias que primero los tuvieron, y quienes han caído en servidumbre quedan libres. Como la tierra solo puede arrendarse hasta el Jubileo, su precio se fija con justicia según los años que restan, y nadie puede aprovecharse de otro en la venta. Bajo todo ello hay una declaración audaz, que la tierra nunca se venderá a perpetuidad, pues la tierra pertenece a Dios, y el pueblo no es más que residente y viajero con Él.
Redimir la tierra
La parashá detalla luego cómo puede recuperarse la propiedad perdida. Si una persona empobrece y vende parte de un campo ancestral, un pariente cercano puede intervenir para redimirlo, y aun si no se halla redentor, la tierra vuelve igualmente en el Jubileo. Las casas dentro de ciudades amuralladas siguen una regla distinta, redimibles solo por un año antes de volverse permanentes, mientras que las viviendas en aldeas abiertas y las posesiones especiales de los levitas quedan atadas a la liberación del Jubileo. Estas leyes mantienen a las familias ancladas a su heredad e impiden que la riqueza engulla para siempre al vulnerable.
Tu hermano junto a ti
Dios ordena una honda responsabilidad hacia el prójimo que ha caído en tiempos difíciles. Cuando un hermano empobrece, debes fortalecerlo y dejarlo vivir a tu lado, prestándole sin cobrar interés y sin lucrar jamás con su apuro. Si debe venderse a servidumbre para sobrevivir, no ha de ser tratado como esclavo, sino como jornalero y residente, con su dignidad intacta. La razón dada una y otra vez es que todo Israel son siervos de Dios, a quienes Él sacó de la tierra de Egipto, y nadie a quien Él ha liberado puede ser arrastrado de vuelta a la esclavitud por otro.
Liberación y reverencia
El capítulo se cierra con el caso de un israelita que, en la pobreza, se vende a un extranjero próspero que vive en la tierra. Aun entonces su libertad nunca se pierde: un pariente puede redimirlo a un precio justo, y en cualquier caso queda libre en el año del Jubileo, pues los hijos de Israel pertenecen solo a Dios. La parashá termina con un breve pero incisivo recordatorio que enmarca todo lo anterior: no hacer ídolos, guardar los Shabatot de Dios y reverenciar Su santuario. La lealtad a Dios y la justicia hacia las personas están unidas como una sola.
