Si andas en Mis leyes
La parashá comienza con una visión de lo que trae la fidelidad. Si Israel anda en los estatutos de Dios y guarda Sus mandamientos, la Torá promete lluvia en su tiempo, campos y árboles cargados de producto, y pan comido hasta la plena satisfacción. Habrá paz en la tierra, seguridad ante las bestias salvajes y los enemigos, y un pueblo hecho fructífero y fuerte. La mayor de todas es la promesa de que Dios pondrá Su morada entre ellos y andará en medio de ellos, para que sean Su pueblo y Él sea su Dios.
La reprensión
El tono cambia luego a un pasaje largo y difícil conocido como la tojajá (la reprensión). Si Israel desdeña el pacto y rechaza las leyes de Dios, la Torá describe una marea creciente de penurias que llega por etapas: enfermedad y terror, sequía y cosechas fallidas, bestias salvajes, guerra, plaga y aplastante asedio. Al final el pueblo es exiliado de su tierra y dispersado entre las naciones, mientras el suelo que descuidó yace por fin desolado. Las advertencias son deliberadamente severas, no para aplastar al pueblo, sino para despertarlo a cuánto importa de verdad el pacto.
El pacto recordado
Con toda su oscuridad, la reprensión no termina en la desesperación. Dios promete que cuando el pueblo exiliado confiese su propia falta y la falta de sus antepasados y humille su corazón obstinado, Él recordará Su pacto con Yaakov (Jacob), Yitzjak (Isaac) y Avraham (Abraham). Aun dispersado entre sus enemigos, Israel no será rechazado hasta el punto de ser destruido, pues Dios no romperá Su pacto con ellos. La tierra disfrutará por fin su descanso largamente negado, y el camino a casa siempre permanece abierto.
Votos y valuaciones
Tras las promesas y advertencias del pacto, la parashá se vuelve a los votos hechos libremente a Dios. Una persona puede dedicar al santuario el valor tasado de una vida humana, un animal, una casa o un campo, y la Torá expone valuaciones justas junto con las reglas para redimir lo que se ha prometido. Algunas dedicaciones pueden recomprarse añadiendo un quinto de su valor, mientras que ciertas cosas consagradas se apartan por completo. Estas leyes toman en serio el impulso de la generosidad a la vez que mantienen cada promesa honesta y fundamentada.
El diezmo final
La parashá, y todo el Libro del Levítico, se cierra con la ley del diezmo. Una décima parte del producto de la tierra y de los rebaños y las manadas pertenece a Dios, un recordatorio constante de que toda cosecha y todo aumento vienen en última instancia de Él. Al pasar los animales bajo la vara del pastor, cada décimo se cuenta como santo. El libro termina con la solemne nota de que estos son los mandamientos que Dios dio a Moshé (Moisés) para el pueblo de Israel en el Monte Sinaí, sellando un libro consagrado por entero a la búsqueda de la santidad.
