El recuento
La parashá se abre con un cuidadoso recuento de cada material donado para el Santuario: los totales de oro, plata y cobre, y exactamente cómo se usó cada uno. La plata, reunida de los medios siclos del censo, se vuelve las basas que anclan las paredes, mientras el oro y el cobre se moldean en vasos y accesorios. Este recuento público no deja lugar a sospecha sobre los tesoros puestos al cuidado de Moshé. Aun en el servicio de lo santo, la Torá modela la honestidad y la transparencia completas.
Las vestiduras sacerdotales
La atención se vuelve a las vestiduras para quienes servirán en el Santuario. Los artesanos tejen el efod, el pectoral engastado con doce piedras grabadas, la túnica de campanillas y granadas, las túnicas y la placa de oro de la frente grabada Santo para Dios. En cada etapa la Torá repite que la obra se hace exactamente como Dios ordenó a Moshé. La ropa que vestirá a Aharón (Aarón) y a sus hijos de dignidad queda terminada hasta el último hilo.
La obra queda hecha
Con cada componente completo, el pueblo trae todo el Santuario a Moshé: la tienda y sus cubiertas, los vasos, los altares y las vestiduras, cada pieza puesta ante él. Moshé lo inspecciona todo y ve que han hecho todo precisamente como Dios ordenó, y bendice al pueblo por su labor. Tras la fractura del becerro de oro, la nación se yergue unida de nuevo en torno a una tarea cumplida. La bendición sella un momento de plenitud y reparación.
La orden de levantarlo
Dios habla a Moshé con instrucciones para erigir el Santuario. Ha de levantarse el primer día del primer mes, Nisán, y cada parte puesta en su lugar: el Arca detrás de la cortina, la Mesa y la Menorá, los altares, la fuente y el atrio alrededor de ellos. Moshé ha de ungir el Santuario y sus vasos para hacerlos santos, y vestir y consagrar a Aharón y a sus hijos para su servicio. Todo queda preparado para que el Santuario comience su vida.
Moshé levanta el Mishkán
El primero de Nisán, un año después de salir de Egipto, Moshé levanta el Mishkán con sus propias manos. Coloca las tablas en sus basas, extiende la tienda, pone el Arca con las tablas dentro, y dispone la Mesa, la Menorá y el altar de oro, encendiendo las lámparas y ofreciendo el incienso. Cuelga la cortina en la entrada, pone el altar de cobre y la fuente en el atrio, y completa el cercado. Una y otra vez la Torá registra que Moshé hizo cada acto tal como Dios le había ordenado.
La gloria llena el Santuario
Cuando la obra está terminada, una nube se posa sobre la Tienda del Encuentro y la gloria de Dios llena el Mishkán, tan abrumadora que ni siquiera Moshé puede entrar. Desde ese día, la nube reposa sobre el Santuario de día y un fuego arde en él de noche, visible para todo Israel. Cuando la nube se alza, el pueblo prosigue el viaje, y cuando se posa, acampan. Así el libro del Éxodo se cierra con Dios morando visiblemente entre Su pueblo, listo para guiarlos a casa.
