Langostas y oscuridad
Bo se abre con la octava plaga cuando Moshé (Moisés) advierte a Par'ó de un enjambre de langostas tan vasto que devorará lo que el granizo haya dejado. Los propios siervos de Par'ó le suplican que ceda, pero él ofrece solo una liberación parcial y luego se niega, así que las langostas descienden y arrasan la tierra. Viene después una novena plaga, una oscuridad tan densa que puede palparse, cubriendo Egipto por tres días mientras el pueblo de Israel tiene luz en sus hogares. Endurecido todavía, Par'ó advierte a Moshé que no vuelva a ver su rostro.
La advertencia final
Antes de que caiga el último golpe, Moshé pronuncia la más solemne advertencia de Dios: a medianoche morirá todo primogénito de Egipto, desde el heredero de Par'ó hasta el hijo del más humilde siervo, e incluso los primogénitos de los animales. Un gran clamor se alzará por toda la tierra como nunca se ha oído, pero entre Israel ni un perro ladrará. Moshé deja a Par'ó ardiendo de ira, sabiendo que el rey aún no escuchará. Todo queda dispuesto para la noche que lo cambiará todo.
Un nuevo comienzo
Ahora, al borde mismo de la libertad, Dios da a Israel su primer mandamiento como nación: señalar la luna nueva y hacer de este mes la cabeza del año. Desde este momento el pueblo ha de ser dueño de su propio calendario sagrado, ya no esclavos cuyo tiempo pertenece a otros. Es una manera sorprendente de comenzar una redención, no con un arma sino con el don del tiempo santo. La libertad, insinúa la Torá, empieza por tomar las riendas de cómo vivimos nuestros días.
La ofrenda de Pésaj
Dios ordena entonces los detalles del primer Pésaj. Cada hogar ha de tomar un cordero, y en la noche señalada poner su sangre en los postes y el dintel de la puerta como señal. Dentro, la familia come el cordero asado junto con matzá (pan sin levadura) y hierbas amargas, vestidos y listos para viajar de prisa. Esa noche Dios pasará por Egipto en juicio pero saltará por encima de los hogares marcados de Israel, y al pueblo se le dice que guarde este servicio en cada generación como memorial de su liberación.
La noche de la redención
Al filo de la medianoche Dios abate a todo primogénito de Egipto, y se alza un gran clamor, pues no hay casa sin alguien muerto. Par'ó se levanta en la noche y por fin deja partir a Israel, rogándoles que se vayan e incluso que lo bendigan. El pueblo sale con tanta prisa que su masa no tiene tiempo de leudar, así que la llevan como matzá, mientras los egipcios les insisten con oro, plata y vestidos. Tras cuatrocientos treinta años, una vasta multitud de seiscientos mil hombres, junto con sus familias y una mezcla de pueblos, marcha fuera de Egipto como pueblo libre.
Señales para las generaciones
La parashá se cierra con leyes destinadas a llevar esta noche a través de los siglos. Dios ordena que todo primogénito de Israel le sea apartado, redimido en memoria de los primogénitos salvados en Egipto. A los padres se les dice que relaten todo esto a sus hijos, para que la historia se cuente de nuevo en cada generación como si cada persona hubiera salido de Egipto. Y el pueblo ha de atar estas verdades como señal sobre la mano y entre los ojos, el origen de los tefilín, manteniendo el Éxodo cerca en palabra y en obra.
