La promesa de Dios renovada
La parashá se abre con Dios hablando a Moshé y dándose a conocer de una manera nueva y más profunda. Dios recuerda el pacto hecho con los patriarcas Avraham (Abraham), Yitzjak (Isaac) y Yaakov (Jacob), y promete cuatro cosas: sacar a Israel de las cargas de Egipto, salvarlos, redimirlos y tomarlos como Su propio pueblo. Es una promesa no solo de huida sino de relación, que termina con el compromiso de llevarlos a la tierra jurada a sus antepasados. Dios le dice a Moshé que lleve este mensaje de esperanza al pueblo esclavizado.
Espíritus quebrantados
Cuando Moshé lleva las palabras de Dios al pueblo de Israel, no pueden asimilarlas, agotados por el trabajo aplastante y el ánimo roto. Dios entonces envía a Moshé de vuelta ante Par'ó para exigir la liberación del pueblo, pero Moshé protesta que es hombre de habla torpe, preguntando cómo Par'ó habrá de escucharlo. La Torá se detiene aquí para registrar la línea familiar de Moshé y Aharón, arraigando a estos dos líderes en la tribu de Leví. Reconfortados por Dios, los hermanos se preparan para presentarse ante el gobernante más poderoso de la tierra.
Vara y serpiente
Moshé y Aharón se presentan ante Par'ó, y Aharón arroja su vara, que se convierte en serpiente. Los magos de Par'ó igualan el prodigio con sus propias artes, pero la vara de Aharón se traga las de ellos, una primera señal callada de quién posee el poder verdadero. Par'ó permanece impasible y endurece su corazón, negándose a dejar ir a Israel. Dios le dice a Moshé que ha llegado el momento de mostrar a Egipto, mediante una serie de golpes poderosos, que solo Él es Dios.
Sangre y ranas
Las plagas comienzan en el Nilo, sustento y orgullo de Egipto. Aharón golpea el agua y esta se convierte en sangre, de modo que los peces mueren y el río hiede, pero los magos de Par'ó reproducen el efecto y su corazón sigue duro. Luego la tierra se llena de ranas que invaden el palacio y los hornos, hasta que Par'ó suplica a Moshé que ore para alejarlas y promete dejar ir al pueblo. Sin embargo, cuando llega el alivio, Par'ó retira su palabra, la primera de muchas promesas rotas.
Piojos, fieras y llagas
Las plagas siguientes caen en constante sucesión, cada una ahondando la impotencia de Egipto. El polvo de la tierra se convierte en piojos, y esta vez los magos fracasan y confiesan que este es el dedo de Dios. Enjambres de fieras salvajes invaden a los egipcios mientras respetan la región de Goshen donde habita Israel, mostrando que Dios traza una línea clara entre los dos pueblos. Una mortal peste golpea después el ganado de Egipto, y dolorosas llagas brotan en el hombre y en la bestia, tan graves que los magos ni siquiera pueden estar de pie ante Moshé. Aun así Par'ó no cede.
Fuego y granizo
La séptima plaga es la más aterradora hasta ahora: una tormenta de granizo atravesada por fuego que azota los campos, destroza los árboles y abate a cualquiera que quede a la intemperie. Moshé advierte de antemano a los egipcios, y quienes temen la palabra de Dios ponen a salvo bajo techo a sus siervos y animales. Golpeado por la tormenta, Par'ó confiesa por primera vez que ha pecado y que Dios es justo, rogando a Moshé que la haga cesar. Pero en el momento en que el trueno y el granizo se detienen, su corazón se endurece una vez más, y la parashá termina con Israel aún esclavizado y la lucha inconclusa.
