La familia y el hogar
Moshé (Moisés) comienza con leyes que protegen a los vulnerables dentro del hogar. Una mujer capturada en la guerra debe ser tratada con dignidad y recibir tiempo para hacer duelo antes de cualquier matrimonio, nunca simplemente tomada por la fuerza. Un padre no puede privar al verdadero primogénito de la doble porción que le corresponde solo porque prefiera al hijo de otra esposa, y a los padres se les da una ley aleccionadora para enfrentar a un hijo irremediablemente rebelde. Incluso el cuerpo de un criminal ejecutado debe ser enterrado el mismo día y no dejarse colgado, pues todo ser humano está hecho a imagen de Dios.
Velar por los demás
Un grupo de leyes enseña la responsabilidad por las personas y las criaturas que nos rodean. Si ves el animal o las pertenencias perdidas de un prójimo, no puedes ignorarlos, sino que debes devolverlos, y si su animal se desploma bajo la carga, debes ayudarle a levantarlo. A un ave madre se la ha de ahuyentar antes de tomar a sus crías, y un techo nuevo debe tener una baranda para que nadie caiga, pues somos responsables de evitar el daño. Entretejidas están las señales de un pueblo distinto y santo: no mezclar ciertas clases de semilla, tela o labor, y colocar los tzitzit, los flecos, en las esquinas de una prenda.
Matrimonio y fidelidad
Moshé expone leyes que resguardan los lazos del matrimonio y la dignidad de la intimidad. Aborda al esposo que calumnia falsamente a su novia, la gravedad de la traición y la protección que se le debe a una mujer agraviada, trazando líneas claras en torno a la fidelidad y el consentimiento. Describe luego quién puede entrar plenamente en la asamblea de Israel, incluyendo el modo en que antiguos enemigos y forasteros pueden con el tiempo ser acogidos. Estas leyes tratan a la familia y a la comunidad como depósitos sagrados, que no deben romperse a la ligera.
Santidad en el campamento
Volviéndose a la vida de la comunidad, Moshé ordena que el campamento se mantenga puro y digno, pues Dios se mueve dentro de él. A un esclavo que escapa de un amo cruel no se le ha de entregar de vuelta, sino darle refugio, y los israelitas no pueden cobrarse interés unos a otros por los préstamos, aunque sí pueden prestar con interés a los de afuera. Los votos hechos a Dios deben pagarse sin demora, y un jornalero que pasa por el campo o el viñedo de un prójimo puede comer hasta saciarse allí mismo, pero no llevarse nada. La santidad, una vez más, se manifiesta en la honestidad, la generosidad y la decencia de cada día.
Justicia y compasión
Una larga serie de leyes protege al pobre y al desvalido. Un acreedor no puede tomar la piedra de molino que una familia necesita para hacer pan ni entrar en una casa para arrebatar una prenda, y la ropa de un pobre tomada como garantía debe devolverse al caer la noche para que pueda dormir con ella. El salario debe pagarse el mismo día, antes de que se ponga el sol, y cada persona ha de ser castigada solo por su propio pecado, nunca por el de otro. Moshé ordena dejar la gavilla olvidada, las uvas caídas y las esquinas del campo para el extranjero, el huérfano y la viuda, de modo que los más vulnerables siempre tengan una parte.
Medidas honestas y Amalek
Las últimas leyes unen la equidad con la memoria. Incluso a un culpable que recibe azotes no se le pueden dar más del número fijado, para que el castigo nunca se vuelva degradante, y a un buey que trilla el grano no se le puede poner bozal para impedirle comer mientras trabaja. Moshé enseña la ley del matrimonio de levirato, por la cual una viuda sin hijos no es abandonada, sino mantenida dentro de la familia de su difunto esposo, y exige pesas y medidas perfectamente honestas en toda transacción, pues el engaño es abominación para Dios. La parashá termina con un encargo solemne: recuerda lo que hizo Amalek, atacando por detrás a los débiles y cansados, y borra esa crueldad de debajo del cielo.
