Moshé comienza a hablar
La parashá comienza cuando Moshé (Moisés) se dirige a todo Israel en las llanuras de Moav (Moab), al este del Jordán, en el año cuadragésimo después de la salida de Egipto. Habla a una nueva generación, los hijos de quienes salieron de Egipto, y repasa todo lo sucedido desde que la nación estuvo en el Jorev (Horeb), la montaña del Sinaí. Allí Dios les dice que ya han permanecido bastante tiempo junto a la montaña y que ha llegado la hora de marchar hacia la tierra prometida a Avraham (Abraham), Yitzjak (Isaac) y Yaakov (Jacob). Moshé recuerda cuán numeroso se ha vuelto ya el pueblo, tan innumerable como las estrellas, y cómo el camino hacia la Tierra Prometida se abre ante ellos.
El nombramiento de los jueces
Moshé recuerda cómo la carga de guiar a un pueblo tan grande se vuelve demasiado pesada para llevarla él solo. Siguiendo la guía de Dios, nombra líderes sabios y entendidos de cada tribu, jueces que puedan compartir la tarea de resolver disputas y conducir a la nación. Les encarga juzgar con rectitud, escuchar por igual al pequeño y al grande, y nunca mostrar favoritismo ni temer a persona alguna, porque el juicio le pertenece a Dios. De este modo Moshé recuerda al pueblo que la justicia siempre ha estado en el corazón de su vida como nación.
El pecado de los espías
Moshé relata el doloroso episodio que le cuesta la tierra a la generación anterior. Cuando Israel llega a la frontera, el pueblo pide enviar exploradores por delante, y los hombres que van regresan atemorizados, difundiendo el informe de que la tierra no se puede conquistar. La nación se descorazona y llora durante toda la noche, negándose a subir, y al hacerlo rechaza el mismísimo regalo que Dios le ofrece. Dios decreta que esta generación sin fe no entrará en la tierra, sino que vagará por el desierto durante cuarenta años hasta desaparecer. Cuando luego el pueblo intenta abrirse paso por la fuerza en contra de la palabra de Dios, es derrotado, aprendiendo demasiado tarde que la victoria solo llega cuando Dios va con ellos.
Los años de peregrinación
Moshé traza el largo rodeo por el desierto durante aquellos cuarenta años. Mientras el pueblo bordea las tierras de Edom, los descendientes de Esav (Esaú), y de Moav y Amón, los descendientes de Lot, Dios ordena a Israel no provocar a estas naciones ni apoderarse de su territorio, pues Él les ha dado esas tierras como herencia propia. El relato se detiene para mencionar a los pueblos antiguos que en otro tiempo habitaron aquellas regiones y fueron desplazados a su vez, un recordatorio sereno de que Dios dirige el auge y la caída de toda nación. Por fin la generación del desierto desaparece, y una nueva está lista para avanzar.
Sijón y Og
A medida que Israel avanza, Moshé recuerda las primeras grandes victorias al lado oriental del Jordán. Envía mensajeros de paz a Sijón (Sehón), rey de Jeshbón, pero Sijón le niega el paso y sale a la guerra, y Dios lo entrega a él y a toda su tierra en manos de Israel. Luego Og, el gigantesco rey de Bashán, viene contra ellos con todo su pueblo, y también es derrotado, cayendo sus ciudades fortificadas una tras otra. Estos triunfos muestran a la nueva generación que el Dios que parecía distante durante los años de peregrinación ahora combate abiertamente en su favor.
El reparto de la tierra
Asegurado el territorio oriental, Moshé describe cómo lo reparte entre las tribus de Reuvén (Rubén), Gad y la media tribu de Menashé (Manasés), que se asentarán allí. Les hace prometer que sus hombres de guerra cruzarán el Jordán al frente de sus hermanos y no regresarán a casa hasta que todo Israel haya heredado la tierra. La parashá se cierra cuando Moshé se vuelve hacia Yehoshúa (Josué), su sucesor, y lo fortalece para la tarea que le espera: no debe temer a los reinos que está por enfrentar, pues Dios mismo combatirá por Israel. Con ese encargo, queda preparado el escenario para la conquista que aguarda justo tras el horizonte.
