La súplica de Moshé
La parashá comienza con Moshé (Moisés) derramando su corazón ante Dios, suplicando que se le permita cruzar el Jordán y ver con sus propios ojos la buena tierra. Dios responde que no cruzará, pues el decreto está firme, pero le dice que suba a la cima de la montaña y contemple la tierra en todas las direcciones. Moshé ha de traspasar su liderazgo a Yehoshúa (Josué) y fortalecerlo para lo que le espera. Incluso el más grande profeta de Israel acepta que su propio camino termina aquí, enseñando al pueblo que la fidelidad no siempre significa recibir todo lo que anhelamos.
Guardar el pacto
Moshé exhorta al pueblo a escuchar las leyes que enseña y a no añadirles nada ni quitarles nada, pues guardarlas con fidelidad es su sabiduría a los ojos de las naciones. Les recuerda el día en que estuvieron en el Jorev (Horeb) y oyeron la voz de Dios desde el fuego sin ver figura ni forma alguna, una advertencia de no fabricar jamás ídolos ni inclinarse ante el sol, la luna o las estrellas. Si algún día se corrompen y quedan dispersos entre las naciones, les promete que cuando busquen a Dios con todo su corazón lo hallarán, pues Dios es misericordioso y no olvidará el pacto con sus antepasados. Moshé aparta tres ciudades de refugio al este del Jordán, y luego se dispone a repetir el corazón mismo de la ley.
Los Diez Mandamientos
Moshé reúne a todo Israel y repite las Aséret HaDibrot (los Diez Mandamientos), las palabras que Dios pronunció en el Sinaí entre fuego, nube y densa oscuridad. Recuerda cómo el pueblo tiembla al oír la voz de Dios y suplica que solo Moshé se acerque a recibir el resto, prometiendo cumplir todo lo que Dios ordene. Desde adorar solo a Dios y guardar el Shabat hasta honrar a los padres y no robar, asesinar ni codiciar, estos diez dichos forman el fundamento del pacto. Moshé relata cómo Dios aprueba la petición del pueblo y anhela que conserven siempre esta reverencia en su corazón.
El Shemá
Moshé enseña entonces las palabras que se convierten en la declaración diaria de fe de Israel: Escucha, Israel, Dios es nuestro Dios, Dios es Uno. Ordena al pueblo amar a Dios con todo su corazón, toda su alma y todas sus fuerzas, y tener siempre presentes estas palabras. Han de enseñarlas con diligencia a sus hijos, hablar de ellas en casa y en el camino, atarlas como tefilín sobre el brazo y la cabeza, y escribirlas en los postes de las puertas de sus hogares como mezuzá. En unos pocos versículos, Moshé convierte el pacto en algo entretejido en cada hora de la vida cotidiana.
Recordar en la tierra
Mirando hacia la prosperidad que les aguarda, Moshé advierte al pueblo que no olvide a Dios una vez que disfrute de ciudades que no construyó y viñedos que no plantó. No han de poner a prueba a Dios como lo hicieron en el desierto, sino hacer lo recto y lo bueno a Sus ojos. Cuando sus hijos pregunten en tiempos venideros qué significan estas leyes, han de responder narrando la historia del éxodo, cómo Dios los saca de Egipto con mano poderosa para darles esta tierra. La gratitud y la memoria, enseña Moshé, son la protección más segura contra el orgullo y el olvido.
Un pueblo atesorado
Moshé se vuelve hacia las naciones que Israel encontrará en la tierra, ordenando al pueblo no unirse en matrimonio con quienes sirven a los ídolos ni dejarse arrastrar tras sus dioses. Les recuerda que son santos para Dios, elegidos de entre todos los pueblos de la tierra para ser Su nación atesorada, no porque sean los más numerosos, sino porque Dios los ama y cumple el juramento hecho a sus antepasados. Dios es fiel, recompensando a quienes lo aman y pidiendo cuentas a quienes lo rechazan. Con esta nota de elección y amor, la parashá llega a su fin.
