En el principio
La Torá comienza con Dios creando los cielos y la tierra. Al principio el mundo es tohu vavohu, sin forma y vacío, con oscuridad sobre el abismo, y Dios comienza a poner orden llamando a la luz a la existencia. Durante seis días Dios separa la luz de la oscuridad y las aguas del cielo, reúne los mares para que aparezca la tierra seca, y llena el mundo de plantas, del sol, la luna y las estrellas, y de peces, aves y animales terrestres. En el sexto día Dios crea al ser humano a imagen divina, varón y mujer, bendiciéndolos y confiándoles la tierra y sus criaturas. Dios contempla todo lo que ha hecho y ve que es muy bueno.
El séptimo día
Cuando la obra de la creación queda completa, Dios descansa el séptimo día y lo santifica. Este es el Shabat, lo primero que la Torá llama sagrado, distinguido no por ningún objeto o lugar sino por el descanso mismo. Al cesar de la labor creativa, Dios teje un ritmo de trabajo y descanso en el tejido mismo del mundo. Para el lector, este día se convierte en un recordatorio semanal de que el mundo tiene un Hacedor y de que los seres humanos están invitados a detenerse, reflexionar y renovarse.
El jardín
La Torá regresa entonces al ser humano con mayor detalle. Dios forma a Adán del polvo de la tierra, sopla en él el aliento de vida, y lo coloca en el Gan Edén (el Jardín del Edén) para trabajarlo y cuidarlo. Dios permite a Adán comer de todo árbol excepto uno, el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal, advirtiendo que comer de él trae la muerte. Al ver que no es bueno que el humano esté solo, Dios forma a Javá (Eva) como su compañera, y los dos se unen como marido y mujer, sin vergüenza y en paz en el jardín.
La voz de la serpiente
La serpiente, más astuta que todas las criaturas, se acerca a Javá y la convence de que comer del árbol prohibido no traerá la muerte sino sabiduría. Ella come, le da a Adán, y se les abren los ojos; de pronto conscientes de su desnudez, cosen cubiertas y se esconden de Dios entre los árboles. Cuando Dios los llama, Adán culpa a Javá y Javá culpa a la serpiente, y a cada uno se le imponen consecuencias que fluyen de la decisión tomada. Dios viste a la pareja y los envía fuera del Gan Edén, colocando una guardia en su entrada para que no puedan volver al Árbol de la Vida. La vida fuera del jardín ahora conlleva fatiga, dolor y mortalidad, pero también la dignidad de la libertad moral.
Dos hermanos
Fuera del jardín, Adán y Javá tienen dos hijos, Káyin (Caín) y Hével (Abel). Ambos traen ofrendas a Dios: Hével trae lo mejor de su rebaño mientras Káyin trae del fruto de la tierra, y Dios se vuelve hacia la ofrenda de Hével pero no hacia la de Káyin. Dios advierte con gentileza a Káyin que el pecado acecha a la puerta y que aún puede dominarlo, pero Káyin, consumido por los celos, se levanta contra su hermano en el campo y lo mata. Cuando Dios pregunta dónde está Hével, Káyin responde con la inquietante pregunta de si es el guardián de su hermano. Es condenado a vagar por la tierra, pero Dios le pone una marca protectora, negándose a abandonar incluso al primer asesino.
Diez generaciones
La parashá traza entonces diez generaciones desde Adán a través de su hijo Shet (Set) y en adelante, una larga línea de vidas extraordinarias que lleva la historia humana hacia adelante hasta Nóaj. Entre ellos está Janoj (Enoc), quien camina con Dios y es llevado por Él. Sin embargo, mientras la humanidad se multiplica, el mundo se vuelve cada vez más corrupto, hasta que la Torá describe la maldad llenando la tierra y toda inclinación del corazón humano volviéndose hacia el mal. Dios se entristece en Su corazón por lo que la humanidad se ha convertido y decide traer un diluvio, pero la parashá cierra con una nota silenciosa de esperanza: Nóaj halla gracia ante los ojos de Dios. Esa sola línea abre la puerta a la historia de renovación que se desarrolla en la parashá de la próxima semana, Nóaj.
